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Bohumil Hrabal

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28 de marzo de 1914 Brno, República Checa - 3 de febrero de 1997 Praga, República Checa

Escritor, poeta y novelista checo, autor de "Trenes rigurosamente vigilados" (1964), "Yo, que he servido al rey de Inglaterra" (1971), "Una soledad demasiado ruidosa" (1977) y "Bodas en casa" (1986).

  1. ¡Cuanta más inmoralidad y más placeres, menos cunas y más féretros!
  2. Como dice la frase del Talmud... Somos como aceitunas, cuando nos chafan sacamos nuestro mejor jugo.
  3. El cuerpo humano es como un reloj de arena, lo que está abajo está arriba, y viceversa.
  4. Era una persona muy, pero que muy delicada y sensible, o sea susceptible, por eso lo solucionaba todo a hachazos.
  5. Pero la gente sigue sin entenderlo... Y es que los listos se van muriendo, y los tontos no paran de nacer.
  6. El mundo es ingrato y la gente de naturaleza diversa, uno es médico y el otro jardinero o limpia las cagaderas.
  7. Entonces comprendí la exactitud de las palabras de Rimbaud a propósito de que la lucha del espíritu es tan terrible como cualquier guerra.
  8. No deja de ser interesante ver cómo los poetas jóvenes suelen pensar en la muerte y los viejos bardos en jovencitas...
  9. La gente solía cantar a menudo, se alegraban la vida cantando, en cambio ahora ya no se oye cantar durante el trabajo...
  10. Porque cuando se quiere empinar el codo hay que tener donde caerse, si no la locura está al acecho, se instala en la mollera y no conduce a nada.
  11. Ahí va nuestra esperanza. Nuestra juventud. A luchar por una Europa libre. ¿Y qué hacen ustedes aquí? ¡Poner sellos en el trasero de una telegrafista!
  12. Como música de fondo, en los abismos de las alcantarillas resuenan las aguas residuales en las que dos clanes de ratas luchan a muerte. ¡Qué día más espléndido, el de hoy!
  13. El poeta Bondy me decía que la verdadera poesía debe ser dolorosa, como si uno olvidara la cuchilla de afeitar en un pañuelo.
  14. (...) Que todos los días le trae un ramo de rosas, sustraídas en jardines ajenos, y le promete que volarán juntos de Viena a Budapest.
  15. Y me llamó la atención, los dos SS eran hermosos, más bien como si escribieran versos o fueran a jugar al tenis.
  16. Ni Sócrates ni Cristo escribieron ni una sola línea, y fíjese... En cambio otros, cuantos más libros publican, más desconocidos resultan: ésa es la conspiración de la Historia...
  17. Ésas son, señoritas, las ventanas que se abren al mundo, lo que les estoy contando ahora, esos goles, esos puntos, esos momentos...
  18. ¡Es la maldición del siglo del erotismo! ¡Todo es erotismo! No hay más que excitaciones eróticas. ¡Los adolescentes y hasta los niños se enamoran de las niñas que cuidan los gansos!
  19. Sabía, pero aún no había tenido esta experiencia, porque nunca había estado dentro de ninguna mujer, salvo cuando estuve en la barriga de mi mamá, pero de eso no podía acordarme...
  20. Cuando un libro comunica algo válido, su ritmo silencioso persiste incluso mientras lo devoran las llamas, y es que un verdadero libro siempre indica algún camino nuevo que conduce más allá de sí mismo.
  21. (...) Abierto por las páginas donde figura un pasaje que siempre me conmovió... El cielo estrellado sobre mi cabeza y la ley moral en mi interior son objeto de una renovada y creciente admiración y veneración...
  22. No se trata de amor, sino de pasión y aún podríamos hablar de lujuria, puede pasar, siempre y cuando no haya hijos, pero cuando llegan los hijos, todo se acaba, no hay ni para calzoncillos.
  23. El jefe de estación salió al andén y gritó en la dirección en que se seguían oyendo estampidos y el horizonte era de color: - ¡No debíais haberle declarado la guerra a todo el mundo!
  24. Ando como una casa en llamas, como una granja ardiendo, la luz de la vida se alza del fuego y el fuego surge de la madera que muere, el hostil desconsuelo resta en el corazón de las cenizas.
  25. El tren de carga se llevó su ruido. Este estrépito acompañaba siempre al tren en movimiento, igual que en tiempos de paz acompañan a cada tren nocturno los cuadrados y los rectángulos de las ventanas iluminadas.
  26. El pobre del poeta Bondy estaba cambiando los pañales de sus dos hijos pequeños en la taberna y luego, oliendo las puntas de sus dedos, empezó a reflexionar que, en momentos como ése, empieza la verdadera filosofía...
  27. Un buen libro no es el que sirve al lector para mejor conciliar el sueño, sino que, por el contrario, debe sacarle de la cama para que corra, tal como está, en calzoncillos, a propinarle unos coscorrones al señor escritor...
  28. Hay mucha gente que es comunista sólo en el papel y sólo cuando abre la boca, mientras que un comunista de verdad debería trabajar y repartido todo equitativamente con los demás y no limitarse a hablar sin hacer nada.
  29. A mí siempre me habían dado miedo las personas hermosas, nunca había sido capaz de hablar correctamente con las personas hermosas, sudaba, tartamudeaba, me producían tanta extrañeza las caras hermosas, me deslumbraban tanto, nunca he podido mirar una cara hermosa.
  30. Y en eso consiste todo: en que el progreso sea bueno para que las personas sean personas; Ahora bien, para el pan, la cerveza y la mantequilla, el progreso es una auténtica peste; La técnica, para estas cosas, hay que emplearla con mucho tino...
  31. Me venían a la memoria fragmentos de poemas de Sandburg que dicen algo así como que del hombre, al final, apenas queda nada más que el fósforo suficiente para una caja de cerillas, y el hierro suficiente para forjar un clavo donde colgarse.
  32. Y entonces vi con claridad lo que me esperaba en este lugar: quedarme solo, sin que nadie tocase el violín para mí, completamente solo, sólo con el caballo, la cabra, el perro y la gata que por cierto no dejaba de seguirnos, guardando una respetuosa distancia...
  33. Tan pronto como se despertaba, escribía, porque es por la mañana cuando se tienen los sueños más bonitos, y al cabo de un rato después de despertamos ya no se puede componer, no hay que tocar demasiado el suelo a causa del magnetismo.
  34. Puedo permitirme el lujo de abandonarme porque nunca estoy abandonado, estoy solo para poder vivir en una soledad poblada de pensamientos, porque yo soy un poco el don quijote del infinito y de la eternidad, y el infinito y la eternidad sienten predilección por la gente como yo.
  35. Me ha serenado pasear por Praga esta mañana, me ha sosegado el hecho de que yo no soy el único, que millares de personas como yo trabajan en la Praga subterránea, en las cuevas y los subsuelos, y miles de ideas vivas y vivificantes me pasan por la cabeza.
  36. Los libros me han enseñado, y de ellos he aprendido que el cielo no es humano en absoluto y que un hombre que piensa tampoco lo es, no porque no quiera sino porque va contra el sentido común. Bajo mis manos y en mi prensa expiran libros preciosos y yo no puedo detener ese flujo.
  37. (...) Pero a mí no me gustaba, cuando se arremangaba las faldas enseñaba unas piernas llenas de grasa y protuberancias, como sacos, las piernas han de ser bonitas, tanto Kamilka como Líba tienen unas piernas delgadas y un cuerpecito magnífico del que incluso Batista estaría satisfecho, porque son la garantía de la felicidad conyugal.
  38. Para algunas personas el matrimonio significa mucho, es una especie de prostitución legalizada, como escribe en su libro el señor Batista, cuando la mujer no complace al hombre, o él a ella, no se va a ningún lado, pero una cara bonita y un cuerpo bien hecho son la garantía de la felicidad conyugal.
  39. En una ocasión tuve que llevar unas cabras, atadas a una carretilla, a un carnicero, dos cabritillos brincaban a mi alrededor, y la cabra me lamía las manos; cuando me senté a descansar en medio de los campos, los cabritillos me lamían y yo lloraba... Aquello era imposible... ¿Un carnicero y yo, amante del Renacimiento europeo?
  40. Todo lo que he visto en este mundo está animado simultáneamente por un movimiento de vaivén, todo avanza y retrocede, como el fuelle de una fragua, como el cilindro de mi prensa cuando pulso el botón verde y el rojo, todo va y viene, oscila en su propio contrario y por eso nada en este mundo anda cojo.
  41. Ya no me tomaba en serio a mí mismo, me reía de mí mismo, ya era autosuficiente hasta el punto que la gente empezaba a molestarme, sentía que podía comunicarme sólo conmigo mismo, que yo era mi compañía más grata, mi alter ego era mi inspirador y educador personal, con el que cada vez me gustaba más entablar conversación.
  42. ¿Qué tal se está aquí en invierno?, pregunté. El viejo contestó, mal, nos comimos la cabra, más tarde el perro y después el gato, y alzó el brazo con tres dedos levantados para hacer el juramento, aquí, durante tres meses no vino ni un alma... Y la nieve nos enterró... La viejecita repetía llorando, la nieve nos enterró... Y acabaron sumidos en el llanto.
  43. Me he apaciguado tanto que trabajo con mayor afán que ayer, trabajo maquinalmente y eso me permite volver en pensamientos a mi juventud, cuando cada sábado me planchaba los pantalones y me lustraba los zapatos, mimándolos, me limpiaba incluso la suela porque los jóvenes son amantes de la limpieza, se preocupan de la imagen mental que tienen de sí mismos y esta imagen se puede mejorar.
  44. Pero para entonces ya había comprendido que aquellas jóvenes nadadoras embarazadas, que llevaban niños en las entrañas, no me consideraban más que un criado, menos que un criado, aunque llevara frac, yo para ellas no era más que aire, simplemente una percha ante la cual no tenían que avergonzarse, un sirviente, un bufón, un enano como los que solían tener las reinas.
  45. Cuando leo, de hecho no leo, sino que tomo una frase bella en el pico y la chupo como un caramelo, la sorbo como una copita de licor, la saboreo hasta que, como el alcohol, se disuelve en mí, la saboreo durante tanto tiempo que acaba no sólo penetrando mi cerebro y mi corazón, sino que circula por mis venas hasta las raíces mismas de los vasos sanguíneos.
  46. En esas visitas a los subsuelos, a las cloacas, a las alcantarillas, a las depuradoras, encuentro siempre la calma; ilustrado a pesar de mí mismo, tiemblo y me quedo boquiabierto cuando Hegel me enseña que la única cosa aterradora es lo fosilizado, rígido y moribundo y, en cambio, la única cosa satisfactoria es cuando un individuo o, mejor dicho, toda la sociedad, consiguen rejuvenecerse en la lucha, conquistar su derecho a una nueva vida.
  47. Y yo, señoritas, les digo estas cosas para que sepan qué es la pasión y qué un simple exceso, hay pasión cuando uno quiere alguna cosa, y si no la consigue, se vuelve medio loco, mientras que el exceso, o mejor dicho, el desenfreno, es cuando se quiere conseguir algo, aunque te cueste la vida, como el amor, el tabaco, y por otro lado la pasión está bien, pero los excesos perjudican...
  48. Los nobles eran viciosos porque se lo podían permitir y además tenían el sentido del arte y de la cultura, aprendían lo necesario para embrutecer a la gente por el trono y el altar, y Batista nos enseñó que el instinto sexual se despierta en la edad adulta, cuando un hombre ama a una mujer aunque ésta no sea bonita, siente amor, mientras que los que buscan mujeres guapas, sienten pasión.
  49. Los dos bebían, en casa se arrastraban de los pelos por la escalera, pero, en cuanto salían a la calle, tan ufanos; ahora bien, en casa él siempre la achuchaba: "¡A ver tu aliento, apesta a aguardiente!", y ella, de rodillas: "¡Sólo he tomado un bombón de licor!", y él, dándole de bofetones... Hoy la gente vive mejor, pero en este aspecto todo sigue igual, una vez se ahorca él, otra vez ella...
  50. Como un relámpago se me apareció Arthur Schopenhauer afirmando que la más elevada de las leyes es el amor y el amor es compasión, comprendí por qué Arthur odiaba tanto al forzudo de Hegel y me alegré de que ni Hegel ni Schopenhauer hubieran sido comandantes de dos ejércitos adversarios: estaba seguro de que aquellos dos habrían sido tan despiadados como los dos clanes de ratas en las alcantarillas del subsuelo de Praga.
  51. Y desnuda se fue a un claro, rodeado de árboles frutales, y empezó a lavarse, y el anciano, que se había pasado toda la tarde contándole historias, en ese instante quedó como fulminado, su rodilla doblada, presa de unas manos anudadas, mirando más allá de ella, hierático, arrebatado, tierno, mientras ella le hacía ese regalo que solamente una mujer puede hacer a un hombre, lavándose, a la caída del día, para unos ojos emocionados...
  52. A partir de ahora haría sólo lo que me diera la gana, ya no llevaría el yugo de la responsabilidad de tener que decir a cada paso, buenos días señor, buenas tardes señora, servidor, adiós señores, ya no tenía que vigilar al personal o, si yo mismo formaba parte del personal, vigilar que no me viera el dueño cuando quería encender un cigarrillo o coger un trozo de carne de la nevera, ¡Nunca más!
  53. ¿Dónde está la sede de la Gestapo? Y el guardia nos indicó el camino. Entonces nos encontramos ante la puerta de un edificio, se notaba que en el primer piso había mucho bullicio porque se oía el tintineo de las copas y la penetrante risa femenina; era la una de la madrugada, la hora del cambio de guardia, entonces pregunté al jefe del destacamento si sería posible hablar con el jefe de la Gestapo. Y el gritó: Was? ¡Vuelvan por la mañana!
  54. Siempre me ha gustado la caída del día, me parece el único momento en que puede pasar algo importante, la luz del crepúsculo lo embellece todo, las calles, las plazas, la gente parece aterciopelada como las flores, los pensamientos morados y amarillos, incluso a mí mismo me percibo más joven y de mejor ver, me agrada observarme en el espejo cuando oscurece, palparme la cara, entonces la encuentro lisa, sin arrugas en las comisuras de los labios ni en la frente; el crepúsculo aporta belleza a mi vida cotidiana.
  55. Que tuvieran que irse los ricos que hacían política, aquellos hombres arrogantes, engreídos y pretenciosos henchidos de superioridad, eso lo entendía, pero me resultaba incomprensible que se hubieran tenido que marchar los pobres leñadores que nadie vino a reemplazar, que no tenían nada, solamente un pequeño huerto y el duro trabajo en el bosque, que seguramente eran humildes porque no tenían tiempo de ser orgullosos y soberbios y porque el tipo de vida que llevaban, la misma que ahora me esperaba a mí, les enseñaba modestia y humildad.
  56. Y yo, al pie de la montaña, me encojo como Adán entre los matorrales, con un libro en la mano abro mis atemorizados ojos a un mundo extraño, distinto de aquel en el que me hallaba hace apenas un instante porque yo, cuando me sumerjo en la lectura, estoy en otra parte, dentro del texto, me despierto sorprendido y reconozco con culpa que efectivamente vuelvo de un sueño, del más bello de los mundos, del corazón mismo de la verdad. Diez veces al día me maravilla haberme alejado tanto de mí mismo.
  57. Con lo que disfruto más es visitando a los chicos de las calderas, personas cultas sin excepción, con educación universitaria, atados a su trabajo como un perro a su caseta, que aprovechan los ratos muertos para escribir la historia de su época, basada en investigaciones sociológicas, en su sótano he aprendido que una cuarta parte del mundo, la nuestra, se está despoblando, que hoy en día se obliga a los obreros de los bajos fondos a estudiar una carrera, mientras que a los especialistas con títulos superiores se les condena a ejercer de obreros.
  58. En aquella época vivíamos fuera de la ciudad, fue más tarde cuando nos trasladamos a la ciudad, y a mí, que estaba acostumbrado a la soledad, cuando llegamos a la ciudad se me estrechó el mundo. Desde entonces sólo cuando salía a las afueras, sólo así respiraba. Y cuando volvía, a medida que las calles y las callejuelas se estrechaban al cruzar el puente, me estrechaba yo también, siempre tenía y tengo y tendré la impresión de que detrás de cada ventana hay por lo menos un par de ojos que me miran.
  59. Cada anochecer me dirijo a mi casa, en silencio voy por las calles inmerso en una profunda meditación, paso de largo tranvías y coches y peatones, perdido en una nube de libros que acabo de encontrar en mi trabajo y que me llevo a casa en la cartera, así, soñando, cruzo en verde sin percatarme de ello, sin topar con los postes ni con la gente, camino, apestando a cerveza y a suciedad, pero sonrío porque tengo la cartera llena de libros de los cuales espero que por la noche me expliquen algo sobre mí mismo, algo que todavía desconozco.
  60. Vi un libro al que la horca iba a echar al vientre de la máquina, lo limpié con la bata y me lo apreté contra el pecho, aunque estuviese frío; lo abrazaba como la madre al hijo, como Jan Hus en la plaza de Kolín tiene la Biblia casi hundida en el pecho; enseñé el libro a los jóvenes, que no le prestaron ni la más mínima atención: tenían ojos únicamente para el trabajo; cuando por fin hube encontrado el coraje suficiente, miré la cubierta: sí, era un libro exquisito, Charles Lindberg describía en él su vuelo -el primero- a través del océano.
  61. Hace treinta y cinco años que trabajo con papel viejo y ésta es mi love story. Hace treinta y cinco años que prenso libros y papel viejo, treinta y cinco años que me embadurno con letras, hasta el punto de parecer una enciclopedia, una más entre las muchas de las cuales, durante todo este tiempo, habré comprimido alrededor de treinta toneladas, soy una jarra llena de agua viva y agua muerta, basta que me incline un poco para que me rebosen los más bellos pensamientos, soy culto a pesar de mí mismo y ya no sé qué ideas son mías, surgidas propiamente de mí, y cuáles he adquirido leyendo.
  62. Esta semana descubrí un centenar de cuadros de Rembrandt van Rijn, cien reproducciones del retrato del viejo artista de cara esponjosa, la imagen de un hombre a quien el arte y la ebriedad llevaron hasta el umbral mismo de la eternidad, y veo que el pomo gira y que, al otro lado, un desconocido abre esa última puerta. También mi rostro ha ido adquiriendo ese aspecto de hojaldre enmohecido, de pared húmeda y mellada, la misma sonrisa necia, y es que yo también he empezado a mirar el mundo y los acontecimientos humanos desde el otro lado. Hoy, pues, cada bala está adornada con el retrato del anciano Rembrandt van Rijn; lleno las fauces de mi máquina con papel viejo y con libros abiertos.
  63. Me gustaba contemplarla mientras comíamos debajo de la bombilla encendida: partía el pan en pedacitos y se los depositaba en la boca como quien recibe la eucaristía, después recogía las migajas y las tiraba ritualmente al fuego. Luego nos echábamos boca arriba mirando el techo donde bailaban sombras y reflejos, hacía un buen rato que habíamos apagado la bombilla cuando me incorporaba para tomar la jarra de cerveza, tenía la impresión de estar en un acuario poblado de algas y plantas acuáticas, de atravesar un bosque espeso en una noche de luna llena, tanto se agitaban las sombras, y mientras bebía, observaba la desnudez de la gitana, estirada en la cama, el blanco fulgurante de sus ojos, nos veíamos mejor en la oscuridad que con luz.
  64. (...) Porque cuando no se desquitaba gritando al patio interior le gritaba a su mujer, le decía cosas terribles, todo lo que había sucio dentro de él, todo se lo decía y al cabo de un rato ya no se acordaba de nada, así que no tenía que cortarse las venas como yo, ni tenía que levantarle la falda a la telegrafista y ponerle los sellos en el trasero, yo sabía de antemano que el jefe de estación no podía volverse loco, que tenía su higiene espiritual porque todo se lo gritaba al patio interior y el resto a su mujer que sabía cuándo tenía que darle con un trapo mojado en la boca o decirle una frase terriblemente dura que lo dejaba igual de tirado que aquella bofetada sensacional con la que era como si despertase.
  65. Igual que ahora vengo a verla a usted, señorita, antes me gustaba frecuentar a aquellas bellezas de allí, junto a la iglesia; no es que yo estuviera tan entregado a la sacristía, es que al lado de la casa del cura había una tienda, donde un tal Altmann vendía máquinas de coser de segunda mano, además de gramófonos americanos de doble cuerda y extintores de marca Minimax; y el tal Altmann, como segunda ocupación, proporcionaba chicas guapas a todos los bares y tabernas de la provincia, y frecuentemente aquellas señoritas se alojaban en un cuartito de la trastienda o, si era verano, las damiselas levantaban una tienda de campaña en el jardín, y al señor cura le gustaba pasear junto a la cerca, ya que aquellas guapetonas ponían la gramola, cantaban, fumaban y tomaban el sol en traje de baño...
  66. Me llevaron a mi celda, los otros presos me limpiaron la sangre y me sacaron de la boca los dientes partidos, mientras yo no paraba de reír, reía con la boca abierta, no sentía nada, ni la paliza, ni los golpes, ni las heridas, los presos me miraban y veían a un héroe, un paladín; cuando me lanzaban a la celda aquellos alemanes de las SS me gritaban: ¡Canalla comunista! , y a mí aquel término me sonaba en los oídos como música celestial, como una palabra amorosa, porque empezaba a darme cuenta que aquello era el billete de vuelta a Praga, la goma de borrar, el único líquido que podía hacer desaparecer el hecho de haberme casado con una alemana y haber aceptado que los médicos nazis me examinasen el sexo, para determinar si era capaz de tener relaciones con una pura sangre germana...
  67. Mientras yo estaba desnudo con el sexo en una mano y las fotografías pornográficas en la otra, pero sin terminar de realizar lo que me pedían para conseguir el permiso para fecundar a una alemana, a mi prometida liza... Hasta que al fin llamaron a una joven enfermera: unos cuantos movimientos de su mano experta e inmediatamente no pude pensar en nada más, la hábil enfermera se llevó en una hoja dos gotas de esperma que, media hora más tarde, fue calificado de excelente, absolutamente apto para fecundar con dignidad una vagina aria... De manera que la organización para la protección del honor y de la raza alemana no encontró ningún impedimento para que me casara con una aria de sangre germana, y a base de unos cuantos golpes de sello obtuve el permiso de boda, mientras que con los mismos golpes y los mismos sellos los patriotas checos eran condenados a muerte.
  68. Así que usted de verdad no estuvo con ninguna -dijo, y sonrió y tenía hoyuelos, igual que los tenía Mása, y los ojos se le encendieron, como si se asombrase de algo feliz o hubiera encontrado algún objeto precioso, y empezó a recorrer mi pelo con sus dedos, como si yo fuera un piano, y después miró a la puerta cerrada del despacho y se inclinó hacia la mesa, bajó la mecha y apagó con un soplido audible la lámpara y me tocó y retrocedió conmigo hacia el canapé y se tumbó y me atrajo hacia ella, y después fue amable conmigo, como cuando yo era niño y mamá me vestía o me desnudaba, me permitió que le ayudase a levantarse la falda, y después sentí como levantaba y abría las piernas, apoyó sus botas tirolesas sobre el canapé del jefe de estación, y después me encontré de pronto pegado a Viktoria.
  69. (...) Me explicaba llena de orgullo que nos encontrábamos en el lugar de europa central donde el aire era más puro, más aún que en Ouholicky y en Podmorání, cerca de Praga, que ésta era la primera estación europea de cría eugenésica que el partido nacionalsocialista había instalado para desarrollar la más noble raza alemana, a base de entrecruzar científicamente a las jóvenes de pura raza aria con los soldados cuidadosamente escogidos entre las filas de las SS y de la Wehrmacht; en este centro se realizaban cada día coitos nacionalsocialistas basados en la idea del coito de los antiguos germanos, aquí futuras madres llevaban en las entrañas al nuevo hombre europeo, a los niños nacidos aquí los mandaban al cabo de un año al Tirol, a Baviera, a la Selva Negra o a cualquier otro lugar del Reich, donde en los parvularios y en las escuelas debían recibir la educación del hombre nuevo.
  70. El capitán era feo, aquella larga herida que le recortaba la cara era como si en su juventud hubiera caído de cara sobre una olla oxidada; aquel capitán ahora me miraba. Levanté el brazo y me cogí a una especie de asa que colgaba del techo de la locomotora. Me permití hacerlo porque aquel capitán nada más verme ya sabía que yo era un imbécil que no hace otra cosa que estar de pie junto a las vías, un imbécil al que en la dirección de los ferrocarriles en Hradec Králové le dijeron que se quedase junto a las vías y levantase y bajase los semáforos, mientras el ejército del Reich pasaba por su estación para lanzarse primero hacia Oriente y ahora otra vez de regreso. Y yo me dije, de todos modos los alemanes son unos locos. Unos locos peligrosos. Yo también estaba un poco loco, pero a mi propia costa y en cambio los alemanes siempre a costa de los demás.
  71. Pero el dueño no me perdonó nunca haber recibido aquella medalla con su banda: se comportaba como si yo no existiera, como si fuese aire, a pesar que yo no era precisamente un don nadie porque ganaba tal cantidad de dinero que llegaba cubrir todo el suelo; cada tres meses llevaba a la caja de ahorros todo el suelo cubierto con billetes de cien, y me metí en la cabeza que me convertiría en millonario, que sería tan grande y tan importante como los más grandes e importantes, que compraría un hostal pequeño pero acogedor, seguramente en la montaña, en el Paraíso de Bohemia, que me casaría con una chica rica, de manera que cuando sumara el dinero ahorrado a la dote de mi mujer, la gente me llegaría a respetar igual que a los demás dueños de hotel, y más que reconocerme como persona tendrían que reconocerme como millonario, como dueño de un hostal y de fortuna, de forma que se verían condenados a humillarse y hacerme caso...
  72. El pecho se me llenó de una inmensa alegría y de pronto me puse a cantar, al principio tímidamente, porque en toda mi vida nunca había cantado, durante décadas nunca me apeteció entonar una canción... Y ahora cantaba, inventaba palabras y frases para llenar las lagunas olvidadas de las tonadas... Y el perro lobo se sentó y se puso a aullar, le di un trozo de longaniza, me rozó las piernas y yo continuaba cantando, en realidad no cantaba, sino que emitía gritos, aullidos, sí, de hecho no hacía otra cosa que aullar igual que un perro, estos aullidos eran un abrir y echar por tierra cajones llenos de papeles viejos y de cartas antiguas y postales amarillentas, desde los labios volaban al viento trozos de antiguos carteles superpuestos, trozos arrancados al azar con textos incoherentes que mezclaban anuncios de exposiciones de pintura y de partidos de fútbol, programas de orquestinas de pueblo y de conciertos de música clásica, todas aquellas cosas que se habían sedimentado en mí como el humo y el alquitrán en los pulmones de un fumador.
Obras Destacadas:
  1. Trenes rigurosamente vigilados (1964)
  2. Yo, que he servido al rey de Inglaterra (1971)
  3. Una soledad demasiado ruidosa (1977)
  4. Bodas en casa (1986)
  5. Clases de baile para mayores (1964)
  6. Las desventuras del viejo Werther (1994)

Fuente: Frases Y Pensamientos


* Bohumil Hrabal

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